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| Columna dominical: Diario La República. domingo 1 de noviembre de 2008 |
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SANA MENTE Caso: María está preocupada. En los últimos días no hace más que hablar de lo que para ella es la mayor tragedia de su vida. Se lo ha contado reiteradas veces a sus compañeros de oficina, a sus amigas y a todo aquel que al cruzarse con ella se detiene a saludarla. Jamás lo hubiera soñado, ¡sus hijas adoradas!, por las que se quedó tantas noches en vela si estaban enfermas o si debía acompañarlas mientras hacían esos deberes interminables. No da crédito a la decisión que acaban de comunicarle. “Nos vamos a vivir con papá” le dijeron sin la menor señal de duda. ¿Acaso no me quieren? se ha preguntado miles de veces. En sus noches de insomnio repasa cada posible equivocación. Y por más que revuelve en su memoria, no encuentra motivo alguno para este alejamiento. Es cierto que desde su divorcio, le ha sido difícil mantener el mismo nivel de vida. Las “nenas” estaban acostumbradas a pedir de todo y eran complacidas la mayor parte de las veces. Ahora María ha tenido que restringir algunos gastos y ellas sintieron cada negativa como una “ofensa” que generaba llantos, gritos e insultos. Desde que llegaron a la adolescencia sus pedidos se tornaron más exigentes requiriendo satisfacción inmediata. El papá accedió a que se fueran a vivir con él y de alguna manera ellas sintieron que nuevamente todos sus deseos serían satisfechos. Por ello tomaron la decisión de abandonar la casa materna. María sabe que su ex marido las colmará de atenciones. Es una forma de decirle que no ha sido capaz de estar con sus hijas. Se cuestiona en su capacidad para cumplir el rol de madre y siente que la vida no tiene sentido sin ellas. Sufre pensando que ha perdido esta batalla en la que el padre se ha quedado con el amor de sus hijas. Comentario: El divorcio tan frecuente en nuestros tiempos expone a vivir experiencias similares a las de María. En este caso sus hijas, aprovechan la separación para manipular a sus padres, buscando obtener una mayor comodidad o satisfacción de sus caprichos. Gradualmente todos los integrantes de esta familia van cayendo atrapados en una maraña de enredos en los que la moneda de cambio es el chantaje afectivo. Si mamá no da todo lo que las niñas piden se van con papá que pasa a ser el héroe. Por contraposición la figura de mamá se desvaloriza y es “castigada” con el “desamor”. Sin embargo esta batalla da lugar a otra en la que inevitablemente se cambiarán los papeles. Sin una intervención que lleve a un relacionamiento más saludable los vínculos en esta familia tendrán un modelo pendular en el que alternativamente un progenitor tiene el rol de bueno y el otro de malo. El fin de los hijos es obtener mayor satisfacción a sus demandas que, paulatinamente, son más exigentes. Se ha establecido una trampa en la que caen papá y mamá. Cada uno a su vez alternativamente se siente “superior” en el desempeño de su rol parental y aprovecha también en forma pendular para depositar en el “otro” la culpa de todos los males que ocurren en esa familia, desvalorizando o desdibujando su rol. Esto se agrava si a este “reparto “de culpas se suman familiares y amigos. Es deseable para la vida de los hijos que ambas figuras parentales, aún en una situación de divorcio, estén presentes de forma saludable. Por ello debe evitarse el juego pendular de destrucción de la imagen de uno u otro progenitor ya que termina minando su autoridad. Este es un error grave que tendrá consecuencias en el momento inevitable de poner límites de respeto para una convivencia sana. Los hijos aprovechando las discrepancias de los padres han aprendido que pueden lograr lo que desean culpabilizando alternativamente al padre o a la madre. Sin embargo este juego que no es satisfactorio afectivamente aunque se les otorgue todo aquello que deseen los empuja a mayores demandas y transgresiones. Por otra parte ambos padres inician una competencia en la que pretenden ganar el corazón de sus hijos a través de satisfacer sus caprichos. El aspecto económico se convierte así en un instrumento necesario para esta competencia en la que todos experimentan frustración, temor e insatisfacción. Es importante recordar que el amor no se compra y ser padre o madre en un hogar funcional e integrado requiere cumplir un rol que debe extremarse en una situación de separación o divorcio. La distancia facilita la idealización de la persona que se tiene lejos mientras que la convivencia genera un desgaste. Por ello no hay que temer a los eventuales alejamientos que en la mayor parte de los casos se deben a intentos de chantaje emocional. El tiempo y la experiencia de la convivencia con ambos progenitores facilitará la llegada de la madurez a esos hijos que podrán entonces resignificar los afectos y revalorizar aún aquellos límites que un día fueron motivo de enojo y alejamiento. Mientras esto ocurre no se debe olvidar que ejercer un rol amoroso de padre o madre no exime del ejercicio de una sana autoridad. Esto implica, entre otras tareas no dudar a la hora de poner límites de respeto adecuados para una sana convivencia en la que cada integrante pueda mantener una elevada autoestima. La situación analizada corresponde a una ficción sobre hechos de la realidad de tal forma que cualquier semejanza es solo coincidencia |
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