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Columna dominical: Diario La República. domingo 13 de abril de 2008 |
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SANA MENTE “No quiero ser como mis padres…” Caso: Pedro es un muchacho de 16 años, está nuevamente internado en la emergencia de una mutualista porque fue encontrado en la vía pública caído y con una herida cortante de cuero cabelludo en el curso de una intoxicación alcohólica aguda. Esta no es la primera que se encuentra en tales circunstancias, ha tenido múltiples accidentes y peleas por las que ha sufrido innumerables heridas cuyas cicatrices a la vista no pueden disimularse. También ha sufrido varias fracturas, en general producidas por accidentes de tránsito, en los descuidos de su embriague al cruzar la calle. Pedro es hijo único, sus padres trabajan todo el día. Sus esfuerzos y desvelos se centran en darle las mayores comodidades posibles y responder a sus mínimos requerimientos. Esto exige un esfuerzo continuo, horas extras, fines de semana agobiados de trabajo y tareas domésticas acumuladas en una semana en la que solo es posible hacer lo indispensable y cotidiano. La casa luce algo desordenada, con un aire triste por las persianas bajas que no se terminan de abrir en el apuro de la mañana por alcanzar el ómnibus. Durante la semana es poco frecuente encontrar a la familia reunida, los horarios no lo permiten. Los fines de semana transcurren entre los rezongos de mamá por lo que Pedro dejó tirado y su falta de colaboración. Papá que se enchufa en la tele para ver el football mientras reclama silencio. Se cruzan frases hechas como: “la vida es solo sacrificio, nunca hay un descanso, todo es trabajo, trabajo, trabajo”. “Ya me lo decían mis padres: ya vas a ver… aprovechá ahora que sos chico, cuando seas grande se te terminan todas las buenas…hay que ser responsable”. En esta ocasión, Pedro una vez atendido por sus heridas y mientras pasa por sus venas un suero que lo despeja de los efluvios alcohólicos conversa con el psiquiatra de guardia: “no quiero crecer”, “no quiero parecerme a mis padres”, “¿para qué quiero crecer?, “mis padres están siempre cansados, amargados, lo único que hacen es trabajar”. “Yo no quiero llegar a ser adulto para vivir así”. “Viven discutiendo, por la plata, porque están cansados…” “No salen, no disfrutan de nada… yo no quiero tener que vivir así”. Comentario. Desde la mirada de Pedro, la vida adulta se muestra amenazante: entre las desventuras de un trabajo agobiador y no disfrutable, una rutina que no incluye un descanso reparador. Una vida sin aliciente, sin disfrute que no muestra ninguna faceta atractiva. La desesperanza de no poder escapar a trabajar interminablemente y aún así sentir que la “plata no alcanza” y que esperan solo restricciones y sacrificios en aras de la “responsabilidad” no parece un proyecto atractivo para un joven que ve en sus padres el espejo de su futuro. Desde la mirada de los padres, el esfuerzo del trabajo está en función de poder alcanzar las mayores comodidades para Pedro. Sin embargo la contrapartida es caer en una rutina de agobio, y “sacrificio” que desdibuja una vida plena y satisfactoria. Y sin quererlo esta actitud está brindando a los ojos de Pedro mensajes amenazantes y poco atractivos al respecto de la vida adulta. La “responsabilidad” es vivida como algo agobiador, que no da a lugar al disfrute y al descanso. Muchos adultos tienen también esta concepción. Sin embargo si bien cumplir responsablemente con un compromiso frecuentemente implica esfuerzos o renuncias, es necesario saber darse un espacio para el descanso, la diversión y el disfrute en las diversas modalidades que cada personalidad requiere y las circunstancias lo permiten. El descuidar este aspecto torna el saludable esfuerzo por alcanzar los objetivos trazados en una caricatura amarga que conlleva una trampa. La imposibilidad de disfrutar, y tomarse los “recreos” necesarios para seguir adelante, aprisiona a quien cae en esta vorágine en esfuerzos interminables, en caminos cada vez más tortuosos en los que las metas se ven cada vez más alejadas y desdibujadas. No es posible reponer fuerzas físicas ni psíquicas para continuar con los esfuerzos propuestos por la responsabilidad asumida. Es entonces que la trampa coloca la desesperanza y el hastío como realidad cotidiana. Hay que tener presente que las responsabilidades de la vida adulta más allá de las pausas gratas que se deben procurar para alimentar el esfuerzo, muchas veces son en sí mismas satisfactorias. Es el caso de quienes trabajan en aquella tarea marcada por su vocación y por lo cual “cumplir” cotidianamente pasa a ser también en sí mismo un disfrute. Por otra parte el deber cumplido, la meta alcanzada, el objetivo logrado debe ser siempre disfrutado y premiado con pausas gratificantes que repongan para nuevos logros. Es decir que esta concepción, cambiaría la mirada de Pedro al respecto de la vida adulta como un fin no deseado mostrándole otra opción. Concebir “la responsabilidad” como una forma de realización y crecimiento y no como un castigo a eludir. Muchas frases hechas que se trasmiten de padres a hijos pautan culturalmente conductas tramposas que generan desesperanza y agobio. A no descuidar pues del disfrute de esa pausa más necesaria cuanto más difícil es el camino a recorrer. La situación analizada corresponde a una ficción sobre hechos de la realidad de tal forma que cualquier semejanza es solo coincidencia |
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