Columna dominical: Diario La República.  domingo 25 de mayo de 2008

SANA MENTE

¡En el fondo, él es bueno…!

 Caso:

María es una mujer de pocas palabras. Su  bello rostro se ve deslucido por un aire de  preocupación que no logra disimular ni aún cuando se esfuerza por sonreír. Es muy responsable en su trabajo, en el que está muy bien conceptuada. Es muy estricta con sus horarios y no hay ruegos que valgan a la hora de pedirle que se quede fuera de hora en  alguna ocasión de un brindis o celebración en la oficina. Siempre sale corriendo y en ese momento, su rostro muestra aún más preocupación. María esconde un gran dolor del que no se anima a hablar ni aún con su amiga más cercana. En ocasiones se ha presentado a trabajar con algún hematoma en su rostro que no logra disimular bajo un maquillaje que no es habitual en ella. Otras veces los lentes oscuros durante toda la jornada de trabajo han sido objeto de comentarios o preguntas que elude con excusas diversas. El mes pasado faltó a la oficina y una de sus compañeras se enteró que estaba internada. Su visita al sanatorio facilitó la confidencia. María estuvo varias veces en similares situaciones por diversas lesiones que ahora explican algunas inasistencias. Su actitud esquiva empieza a tener sentido. María relata que sin querer Juan su esposo, la empujo, pero sin intención, ya que la quiere mucho. A veces se pone un poco nervioso, sobre todo si María se demora al volver del trabajo. No entiende que el ómnibus no siempre pasa en hora, ni que la cola en el supermercado suele ser más lenta que de costumbre. “¿Dónde se habrá metido?”, “¿con quién estará que no llega?” y “esta infeliz se va por ahí… nadie la va a querer como yo, que no le dejo faltar nada”. Esas palabras junto a insultos resuenan en sus oídos mientras intenta protegerse de golpes que caen sin conmiseración sobre su delgado cuerpo. Sus explicaciones lo enardecen más, por lo que ha aprendido a callar, aguantar y disimular.  Ni pensar en denunciar los hechos. María cree que Juan tiene razón: ¿qué sería de ella?, no sobreviviría ni un mes, con ese sueldo… y ¿dónde iría?, ¿quién la querría?, así tan poquita cosa. Nunca tendría a un compañero que la quisiera. Juan es trabajador, no tiene vicios y en el fondo es bueno. Se pone un poco nervioso o celoso, pero es porque la quiere, eso es, la quiere tanto que no tolera que ella se demore más de la cuenta. Ya le ha pedido perdón, con lágrimas en los ojos, le ha prometido una vez más que no se volverá a repetir. ¿Cómo va a denunciarlo?.

 Comentario:

 María tiene además de los dolores y marcas en su cuerpo una autoestima muy baja. Tan baja que ha olvidado mantener el marco de respeto que debe exigir para sí, al igual  que toda persona por el solo hecho de serlo. Ha perdido de esta forma la capacidad de valorarse, de reconocer en sí misma sus capacidades, sus virtudes, su necesidad de ser amada y su derecho a ser respetada. Día a día, insulto tras insulto, golpe a golpe, se ha ido empequeñeciendo. Siente que realmente no vale nada, no es querible, no sobreviviría sin Juan. No consigue expresar rabia ni dolor por su situación. Solo siente temor,  inseguridad  y hasta lástima de Juan. ¿Lástima?; si, porque Juan en el “fondo es bueno”, “la quiere”, “es trabajador”. Solo ve en su futuro dos posibilidades, Juan o la nada. No consigue imaginarse sin él. Se siente tan poca cosa, que sería imposible vivir sola.

Al igual que en la tormenta un rayo llega primero con su luz que con su estruendo, la violencia psicológica precede en mucho a la violencia física. Sus marcas invisibles a los ojos destruyen la autoestima derribando así las barreras de defensa frente al ataque físico que deja marcas en el cuerpo. Éstas son huellas de una violencia que comienza mucho antes con descalificaciones permanentes, insultos reiterados, ironías y burlas. Su daño es tan grande que no permite poner distancia del agresor, alimentando la esperanza de un cambio y hasta justificando su conducta. Una vez destruida la autoestima es muy difícil transitar hacia la decisión saludable de pedir ayuda profesional. Se requiere de un tiempo para  reparar al menos en alguna medida la autoestima perdida, devolver la confianza y la conciencia del derecho al respeto por ser quien se es. Se circula así por un aprendizaje que restituye las barreras de respeto que resguardan la integridad del psiquismo permitiendo alcanzar situaciones más saludables. La ayuda externa que no cuente con la participación de la víctima en este crecimiento tiende al fracaso. Sorprende a los comedidos la defensa que la víctima suele hacer de su victimario que cae una y otra vez en creer pretendidos cambios, extremar justificaciones y aguantar una vez más nuevas agresiones. La autoestima elevada es la mejor vacuna contra la violencia, especialmente la psicológica que es la que franquea el acceso a cualquier otro tipo de violencia.  En el hogar, en forma solapada, cotidiana y facilitada por  roles desdibujados y sentimientos confusos de amor y respeto a pretendidas autoridades es donde las situaciones de maltrato psicológico se suelen dar con mayor frecuencia atrapando a sus integrantes en una red difícil de romper sin ayuda. Alimentar pues la autoestima de nuestros niños debe ser una prioridad tanto como alimentar su físico. Y sin importar la edad es un aporte obligatorio para todo ser humano que desee una vida saludable.       

 La situación analizada corresponde a una ficción sobre hechos de la realidad de tal forma que cualquier semejanza es solo coincidencia                    

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