Columna dominical: Diario La República.  domingo 14 de setiembre de 2008

SANA MENTE

Después que me robaron…

Caso 1:

 Elisa está por primera vez enfrente del  psiquiatra de su mutualista. Su vida con claros y oscuros como los de cualquier persona, le ha dado madurez y sobre todo la experiencia de sus 84 años.   

Su aspecto juvenil, su marcha erguida y ágil de la que Elisa es conciente, se complementa con la expresión de un pensamiento rico y actualizado. Es una de las tantas personas longevas de nuestra sociedad que lleva muy bien sus años, en forma realista y adaptada a sus circunstancias.

 Elisa es una persona saludable. Relata entre sollozos que hace una semana fue asaltada en la calle. Un empujón sorpresivo la tiró al piso mientras alguien le arrebataba la cartera.

 Su físico conservado y ágil la salvó de posibles fracturas. Sin embargo el golpe ha dejado sus huellas en su psiquis. Elisa desde ese día duerme con pesadillas. Está desanimada, llora con facilidad y tiene temor de salir a la calle.

 Caso 2:

 Juan está también por primera vez en el consultorio del psiquiatra de su mutualista. Es un hombre de andar firme  y su rostro preocupado no revela sus 76 años. Aún trabaja con changas de su oficio que son un complemento a su jubilación al mismo tiempo que le permiten mantenerse ágil física y mentalmente.

 Hace quince días, al retornar a su casa constató un gran desorden y una ventana rota. Muy angustiado se apuró a ordenar todo lo que pudo. No quería que su esposa viera ese desastre y se preocupara. Sus esfuerzos no pudieron ocultar la pérdida de los pocos ahorros de la pareja.

 Desde entonces su esposa lo nota irritable y ansioso. Juan dice ya no poder concentrarse en su trabajo. Constantemente piensa en aquél día y no puede quitar de su mente el caos de  sus pertenencias  por el suelo. Se niega a salir de su casa ya que teme que vuelvan a robarlos. De noche está en alerta por lo cual su sueño no tiene continuidad.

 Comentario:

 Situaciones similares son frecuentes en la consulta cotidiana. Hechos traumáticos se convierten en disparadores de un cuadro que se conoce como estrés post traumático.

 El hecho traumático puede desencadenar una serie de síntomas, dependiendo de la intensidad del hecho, sus circunstancias y la capacidad personal para enfrentar tal situación.

 Los casos analizados corresponden a adultos mayores que conservan una saludable vida activa que se trastoca luego de los robos sufridos. Sin embargo es frecuente observar reacciones similares en personas de distintas edades. La irrupción en la vida de situaciones delictivas suele tener en la contracara un peso que muchas veces no es posible evaluar en lo inmediato.

 Especialmente el adulto mayor por las particularidades de su edad suele estar en una situación de mayor fragilidad biológica y psicológica que no debe descuidarse a la hora de brindar el apoyo necesario para restablecer el equilibrio perdido.

 Los síntomas que pueden manifestarse en forma más o menos aparatosa requieren siempre una asistencia adecuada y precoz. La omisión del tratamiento pone en riesgo la calidad de vida del adulto mayor que es proclive a manifestaciones de complicaciones o agravaciones mejor toleradas en otras etapas de la vida.

 Los distintos ciclos vitales presentan desafíos particulares y exponen a las personas a riesgos de intensidades o calidades diferentes. Una forma de analizar estos riesgos  con un enfoque preventivo desde la dimensión personal, es prepararse física y mentalmente para evitar los riesgos, entrenarse en mantener un físico activo y una mente ágil para responder de la mejor manera posible a las adversidades.

 Esto implica hacer el ejercicio de pensar las posibles pérdidas desde una óptica en la que se priorice lo que queda y no lo que se pierde.  Enfatizar la gravedad de lo que pudo ser y revalorizar por oposición la menor pérdida o lesión.

 Esta forma de pensar facilita la superación de algunas situaciones traumáticas, resignifica los logros obtenidos y minimiza las pérdidas sufridas. El ser humano tiene una enorme capacidad de adaptación y es capaz de desarrollar infinitas formas de superar las dificultades.

 Es evidente que es deseable que una sociedad no se conforme con aquello que la daña y luche por procurar un entorno saludable para sus integrantes. Sin embargo, mientras se gestan y suceden los cambios es necesario a nivel personal desarrollar los mecanismos preventivos al alcance.  

Aprender a detectar “las reglas del juego” imperantes y tornarse un “jugador” habilidoso es también un aspecto de una vida saludable. Recordemos que salud es el logro del mayor bienestar físico, psíquico y social así como la mayor capacidad de funcionamiento que permitan las condiciones sociales en las que vive un individuo o una comunidad.

 Desde lo personal, en cualquier edad y circunstancia es hora de pensar cuanto se puede hacer para contribuir activamente a mantenerse saludable a pesar de las circunstancias, prevenir aquello que sea posible y superar las dificultades a que enfrenta la vida cotidiana.

 Esto implica en los casos de analizados, buscar la ayuda profesional especializada para restablecer lo antes posible la mayor capacidad de funcionamiento de Elisa y Juan evitando que el episodio vivido se convierta en una interrupción de una vida activa hasta el momento.  

          La situación analizada corresponde a una ficción sobre hechos de la realidad de tal forma que cualquier semejanza es solo coincidencia                    

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