Columna dominical: Diario La República.  domingo 12 de octubre de 2008

SANA MENTE

Cuando te miro y no te reconozco…
 

Caso:
Lucía no puede dar crédito a los acontecimientos que está viviendo. Sus pensamientos le dan vueltas y vueltas al punto que ya ha cometido varios errores en su trabajo. Ayer Eugenia no la reconoció, la insultó y le dijo que se fuera.

Lucía no entiende qué está pasando con su mamá. Se la ve muy fuerte a pesar de sus 83 años y salvo un dolor en la cadera del que se queja hace años, no ha querido vivir con ninguno de sus hijos. Siempre ha sido una persona muy independiente y firme.

Hace ya bastantes meses a pesar de su oposición, fue necesario poner una empleada en la noche para que la acompañara. Eugenia decía que querían entrar a robarle. Veía unas sombras en la persiana de su dormitorio y no dormía vigilando que nadie entrara. No había forma de convencerla de la seguridad de la casa y la inexistencia de tales amenazas.

Muchas noches Eugenia pasaba revolviendo constantemente los cajones de la cómoda y el placard en busca de objetos que “alguien” se encargaba de ocultarle o incluso “robarle”.

Sus sospechas la llevaron a pensar que la “comida estaba rara” y seguramente la intentaban envenenar. La desconfianza ganó la casa y las empleadas duraban en sus puestos tan solo unos días, ya que rápidamente pasaban a ser acusadas de todos estos hechos.

Desde hace unos días Eugenia no reconoce a su hija. Afirma con vehemencia que solo tiene un hijo y que esta persona es una desconocida. Lucía entre lágrimas le explica que también es su hija y que es quien la ha cuidado todos estos años. De nada sirven las explicaciones hoy le ha prohibido entrar a su casa.

Lucía está desesperada, no reconoce a la viejita dulce que adora y complace en todos sus caprichos. El médico se lo había advertido: “el deterioro intelectual se irá acentuando y puede llegar a no reconocerla”. Ese temido día ha llegado y junto con él la necesidad de comprarle pañales y discutir para que los acepte. Lucía no tiene consuelo.

Comentario:
La longevidad tan deseada del ser humano es hoy una realidad que tiene una contracara a veces difícil de aceptar y de enfrentar.


El proceso de envejecimiento lleva implícito un proceso de disminución de las capacidades físicas e intelectuales que se va instalando en forma progresiva. Frente al mismo existen hoy algunas medidas que permiten luchar con éxito variable. El ejercicio físico y el intelectual son dos caminos a recorrer.
 

Sin embargo esta etapa de la vida puede transcurrir con un deterioro intelectual acentuado que se conoce como demencia. Un porcentaje muy elevado de estos procesos demenciales corresponden a la enfermedad de Alzeimer.
 

En lo práctico, en todo proceso de demencia se instalan progresivamente olvidos relacionados con los sucesos recientes, por ejemplo desde no recordar lo que se comió en el almuerzo hace un par de horas, hasta llegar a olvidar que ya se almorzó y reclamar en forma airada la comida.
 

Paradójicamente la memoria de los hechos pasados se mantiene por más tiempo. Asombra a la familia que el paciente que no recuerda lo que hizo hace un par de horas, recuerda con detalle lo que pasó en su niñez. Inicialmente pueden surgir “excusas” o explicaciones para estos olvidos que luego dan paso a fabulaciones o pensamientos incoherentes.
 

Paulatinamente se va afectando el sentido del tiempo y del espacio y se van perdiendo capacidades para la vida cotidiana. Todos estos cambios sorprenden a la familia que no reconoce a la persona activa y plena que se conoció como padre o madre.
 

La persona que hoy se tiene enfrente es solo reconocible en su aspecto exterior. El mundo psíquico que da significado al aspecto físico de una persona se va empobreciendo en un vaciamiento progresivo. De esta forma lenta el ser querido va transformándose en un pálido reflejo de lo que fue, para sorprender con las percepciones equívocas, los olvidos, la exitación psicomotriz, la desadaptación social e incluso la incontinencia de esfínteres.
 

Esta dolorosa realidad no debe hacer olvidar la necesidad de un acompañamiento cariñoso que requiere ese ser que se pierde en los confines de un mundo regresivo. Su dependencia llega hasta los mínimos cuidados de higiene y obliga a cuidados permanentes.
 

En ocasiones por la vía de los hechos las personas allegadas suelen depositar en una sola persona el cuidado del paciente. En este caso el agotamiento es un futuro previsible, por lo que debe planificarse la rotación y el descanso de quienes asumen ese cuidado.
 

Prepararse para no sentir desconcierto y sobreponerse al dolor de la pérdida del ser querido, mucho antes de su verdadera partida es también parte de los desafíos a enfrentar.
 

El proceso que lleva a la demencia nos lleva a una reflexión que aún obvia tiene un profundo sentido de vida. La longevidad sin calidad de vida es una cruel trampa del destino, que se evita en alguna medida, dando a cada instante de la vida la mayor cuota de significado y de disfrute posibles.
 

No existen garantías para el futuro; sin embargo mantener el cuerpo y la mente activos es una forma de “asegurar” en cierta forma la mayor capacidad de funcionamiento posible en cada circunstancia.

 La situación analizada corresponde a una ficción sobre hechos de la realidad de tal forma que cualquier semejanza es solo coincidencia                    

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